SINOPSIS:

Agosto de 1925, se celebra el primer centenario de la República. Las heridas de la guerra Federal no han cicatrizado todavía. La Sociedad de los Independientes promueve un nuevo movimiento armado desde Sucre para recuperar la sede de gobierno. La única alternativa para neutralizar la conspiración es demostrar la existencia del Acta de la Junta Tuitiva, que probaría que el primer grito libertario surgió en la ciudad de LaPaz. El gobierno de Bautista Saavedra, a través de Ernest Röhm, contrata los servicios de Pedro Joseph Villavicencio Murguía, cuya misión será la de encontrar la famosa proclama, siguiendo una serie de pistas que lo conducirán a un viaje apasionante en búsqueda de la verdad.La sociedad de los Independientes tratará de evitar por todos los medios, que Pedro cumpla su cometido, éste se percatará pronto que se encuentra atrapado en un peligroso juego de intereses del más alto nivel, arrastrando consigo a Larissa Larraín, la arqueóloga experta. Hay más en juego de lo que parece…el tiempo se acaba…

viernes, 24 de febrero de 2012

CAPITULO 4

Absorto en sus pensamientos, procesando todo lo que había sucedido, Pedro descansó su cuerpo en la banqueta de madera casi al centro de la Plaza “Murillo” o “16 de Julio”, o Plaza “Mayor”  como preferían llamarla los mayores y hasta donde había llegado casi inconcientemente.

El reloj marcaba las catorce horas, el día era soleado, el mundo alrededor de Pedro parecía discurrir sin que él lo notara apenas. Volvió a abrir la pequeña caja, su contenido había intrigado su espíritu. Dentro descubrió una pequeña Biblia  amarillenta, con algunos bordes rotos. Pronto cayó en cuenta que se trataba de una Biblia Sacra, un tomo pergamino (Sacrae – Francisco Vatabli –1584).La hojeo, del final hacia delante, notó que estaba subrayada en muchos párrafos. Cuando llegó a la primera hoja, sus ojos no podían dar crédito a lo que miraban, la vieja tinta revelaba al tenedor primario de la original reliquia: “Propio de Dn. Pedro Domingo Murillo” más abajo “En el exercicio de la fé hé creído” más abajo todavía casi como pie de página “año de nuestro Señor de 1807”, Pedro sintió una inexplicable sensación, que lo hubo de paralizar por unos instantes. Cuando salió de su asombro pudo evidenciar que en la contratapa anterior existía una inscripción ininteligible: “XIGLEDMBWEMESYAEDDDQEXVFIIVISGZN”. Devolvió la Biblia a la caja, la cerró, volvió la cabeza hacia atrás y pensó… pensó.

Alrededor el mundo transcurría, un niño curioso contemplaba el monumento del prócer que se erguía al centro de la Plaza, trepado a la reja que la resguardaba. Vestía un traje oscuro, con un sombrero de fieltro, gris, majestic forrado. Desde el cuello y sobre los hombros caía un tenido blanco, a la usanza de los marineros. Su pantalón tres cuartos moría donde comenzaban sus medias blancas, a la altura de sus rodillas, a las que seguían unos zapatos negros sin lustrar. Algunos campesinos transitaban el lugar a paso raudo y apenas si elevaban la mirada para contemplar la imagen que maravillaba al niño. Sobre la calle de manera apresurada un par de religiosos abordaba el tranvía que pasaba por allí y que iba a depositarlos en el Hospital de Clínicas.      

XIGLEDMBWEMESYAEDDDQEXVFIIVISGZN” pensaba una y otra vez Pedro sin poder entender su significado, las horas se sucedían y él continuaba allí sentado, impertérrito, “XIGLEDMBWEMESYAEDDDQEXVFIIVISGZN”, por momentos su mente se transportaba horas atrás y volvía a recordar las palabras de Röhm, desordenadas, pero nítidas. Era cierto, esta era una oportunidad histórica, aunque el argumento de que la sola existencia del acta de la junta tuitiva evitaría una conflagración bélica fratricida le parecía muy endeble. Se sorprendió de estar sorprendido al percatarse que tan importante página en la historia americana, había sido tan poco profundizada por los historiadores y no podía dejar de sentirse culpable, asumiendo una negligencia que también le competía como ferviente investigador, para luego justificarse “es que todo parecía tan claro…no parecía existir razones de valía para remover ese capítulo histórico” se decía para sus adentros, comprendió con antipática sinceridad que sus ojos habían estado volcados en esudriñar la cultura tihuanacota e incaica, poniendo poco relieve a los acontecimiento de la última centuria.  XIGLEDMBWEMESYAEDDDQEXVFIIVISGZN   

Por fin se levantó de su asiento, hizo una mueca que denotaba el resentimiento de sus músculos y huesos por la impronta de tantas horas. Era un cuarto para las diecisiete, Pedro caminó y nuevamente pareció que las musas, aquellos sutiles arrebatos que suelen ocurrir al común de la gente, lo condujeron sin rumbo pero con destino cierto, ¿un despropósito? No…y él estaba allí, parado al frente de esa añosa casa, ubicada en la antigua calle Kaura Kancha, signada 666[1], de dos pisos, contemplándola, ensimismado en sus pensamientos “XIGLEDMBWEMESYAEDDDQEXVFIIVISGZN”, apoyado en la pared del frente, en esa estrecha callejuela por la que la vecindad pasaba sin pasar para Pedro. Hasta que la puerta de la casa se abrió, saliendo e ella una ancianita para echar sus aguas a la calle, al hacerlo notó la presencia de aquel hombre cuya mirada, era evidente, pretendía penetrar por la intimidad más allá del umbral.

-“¿Que miras?” le espetó la anciana despertando a Pedro, quien trató rápidamente de disipar la notoria desconfianza y mal humor de la mujer con una frase que ella le pareció altanera

–“Es que soy docente universitario y…”

–“y eso que diantres me importa” se despachó la abuela y agregó “si usted buscas a Vicente él ya no vive aquí, ni siquiera se si vive…”

-“No señora mía disculpe usted no entiende” interrumpió Pedro con tono conciliador.

-“Seré bambuca o loca para no entenderte, usted buscas a Vicente” cortó sin ningún modal la mujer.

-“Por favor mi distinguida dama, reciba su gracia mis más sinceras disculpas si la contrarié, le juro que no conozco al Vicente que habita o habitó esta digna casa, quien le habla es su humilde servidor que funge como docente de la Univeridad y siendo esta la casa que perteneció al inmortal Pedro Domingo Murillo, no pude evitar quedar prendado de su halo histórico”   

Semejante repertorio hubo de surtir efecto en el abatido espíritu de esa frágil anciana que protegía a “su” Vicente: compañero, hijo o nieto vaya uno a saber. Entonces, bajando totalmente la guardia impuso su verdad a Pedro.

- “Esta casa nunca fue de Murillo, él vivió aquí pero sólo como inquilino, siempre hay sido de mi familia, desde la época de mi abuelo José Ramón de Loayza. ¿Puedo ayudarte en algo?” dijo, más serena y ahora apacible la pequeña mujer.

-“La verdad que si puede ayudarme…” dijo Pedro con voz suave y reverente, “Sería un honor para mi respirar la historia que guarda celosa su digna casa, quisiera conocerla por dentro si usted me lo permite

La anciana guardó breve silencio que pareció eterno, pareció incomodarse con la solicitud y mirando a los ojos de Pedro con el rostro sonrojado contestó.

-“Sabes, es tarde ya y soy una mujer que vive sola, usted debes saber que la gente es maliciosa, no quiero murmullos, ni habladurías…tal vez mañana

-“¿Le parece a las ocho de la mañana? Preguntó Pedro con la ciega esperanza que la anciana respondería favorablemente su pedido.

-“Tal vez mañana” volvió a repetir suave la abuela y se perdió tras la puerta que se cerró pacíficamente.

-“Mañana entonces” pensó Pedro y se retiró para ocuparse de su cuerpo, la noche caía. La clave “XIGLEDMBWEMESYAEDDDQEXVFIIVISGZN”, golpeaba su mente una y otra vez.




[1] CASA DE MURILLO, actual calle Jaén

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