SINOPSIS:

Agosto de 1925, se celebra el primer centenario de la República. Las heridas de la guerra Federal no han cicatrizado todavía. La Sociedad de los Independientes promueve un nuevo movimiento armado desde Sucre para recuperar la sede de gobierno. La única alternativa para neutralizar la conspiración es demostrar la existencia del Acta de la Junta Tuitiva, que probaría que el primer grito libertario surgió en la ciudad de LaPaz. El gobierno de Bautista Saavedra, a través de Ernest Röhm, contrata los servicios de Pedro Joseph Villavicencio Murguía, cuya misión será la de encontrar la famosa proclama, siguiendo una serie de pistas que lo conducirán a un viaje apasionante en búsqueda de la verdad.La sociedad de los Independientes tratará de evitar por todos los medios, que Pedro cumpla su cometido, éste se percatará pronto que se encuentra atrapado en un peligroso juego de intereses del más alto nivel, arrastrando consigo a Larissa Larraín, la arqueóloga experta. Hay más en juego de lo que parece…el tiempo se acaba…

viernes, 24 de febrero de 2012

CAPITULO 1

La reja de la pequeña ergástula militar se abrió abruptamente y el aire enrarecido por un vapor pestilente, producto del fétido olor de los humores amoniacales sin tiempo y de la húmeda tierra germinada de gusarapos, resintió una vez más el sentido de los captores. La voz del sargento militar tronó como borrasca y dos soldados se dieron a la tarea de levantar al debilitado cautivo, quien probablemente había sucumbido a la alferecía en una aciaga jornada que se había prolongado desde la madrugada, hasta ese mediodía invernal o quizás se haya rendido al soplo devastador de la felonía.

Lunes 17 de agosto de 1925. Refulgente regía el sol inmóvil en la bóveda del cielo cuya ciudad discurría en el légamo de la siesta. Pedro fue conducido débil y sin oponer resistencia hasta el sector de las caballerizas del palacio quemado donde fue vendado, amarrado de pies y manos y colgado por las extremidades inferiores, cabeza abajo, y sumergido en una artesa acondicionada al efecto, ante la mirada vigilante y burlona del sargento militar y la medrosa y sumisa complicidad de los dos soldados.

Si bien la práctica no era una novedad en la vida militar, resultaba casi inédito y oprobioso que el “bañista” sea un civil. Aquello había llamado la atención de varios oficiales, convocados allí después de los luctuosos sucesos de hace unas horas atrás.

Los rumores corrían dando pie a distintas versiones, sin embargo allí estaba el soldado Quenta, al lado de su superior, el teniente Rafael Pabón a quien había tenido tiempo de referirle todo lo que había vivido la noche anterior, desconociendo aún el destino de sus superiores Camacho y Rocha.

Pabón llegó rápidamente a la conclusión correcta, además reconoció en Pedro, al insigne profesor universitario. Entonces con paso firme, el joven militar irupaneño de 22 años, encaminó su marcha hasta el lugar de la afrenta.

Llegado allí recibió el saludo de rigor de sus subordinados, mientras que Pedro yacía en el suelo, aún convulsionado por la “enriquecedora” experiencia. El teniente devolvió el saludo con una pregunta de tonó áspero “¡Desde cuándo carajo el glorioso ejército, vapulea a civiles de ese modo!”.

-“¡Es la orden del número uno mi teniente!” atinó a decir artero el sargento.

Ni bien terminó de decir la frase, Pabón tenía desenfundada su arma apuntando la cabeza del ahora asustado sargento. “Vamos carajo, liberen al prisionero” ordenó con voz grave y ambos soldados, aún atónitos, obedecieron, cortando las amarras del cautivo, quien descubriéndose los ojos intentó un agradecimiento, pero fue interrumpido por la impetuosa voz de su salvador.

“¡No hay tiempo, cumpla su misión profesor, a la verdad no se la hace esperar!”.

Como pudo, Pedro se enderezó y atinó a correr hacia uno de los caballos. Los breves acontecimientos no pasaron desapercibidos para nadie dentro del recinto, sin embargo, la ascendencia que tenía Pabón sobre sus camaradas, incluso sobre aquellos de mayor graduación, hizo la diferencia. Varios desenfundaron sus armas, sin embargo la corriente mayoritaria que apoyaba a Pabón se impuso, logrando reducir por la fuerza a los opositores. De todos modos, no quedaban muchos uniformados en el palacio, sólo los indispensables para cuidar “la casa”, la mayor parte de la cáfila se encontraba en ese mismo momento asistiendo al desfile militar en el campo de volación de El Alto[1], donde justamente Pabón, debería hacer alguna demostración en el Junker F-113, sin embargo las urgencias de lo sucedido lo había convocado al lugar junto a varios de sus cofrades.

Raudo, sobre brioso corcel, Pedro sorteó los pocos obstáculos que quedaban y en el umbral del reducto hubo de hacer una abrupta pausa. El equino relinchó sobre sus dos patas posteriores, y en un sagrado momento de comunión, Rafael y Pedro cruzaron una mirada cómplice. El posterior gesto explicito del joven militar, azuzo el espíritu impetuoso de Pedro, quien comprendió que sin buscarlo, se encontraba ante una posibilidad histórica, tal vez irrepetible. Emprendió su última travesía.


[1]Antigua referencia del aeropuerto

CAPITULO 2

El campo de volación en El Alto, bullía con una masa viva, entregada al fervor cívico por lo que esa tarde del lunes 17 de agosto de 1925 encarnaba. Se festejaba todavía el primer centenario de la República. Hace apenas unos días, el primer mandatario había retornado de la ciudad de Sucre donde el jueves 6 de agosto, había tenido lugar el Te Deum y la Sesión Solemne del Congreso en la Casa de la Libertad. El cansancio acumulado por los días tan ajetreados se notaba en su rostro. El número uno estaba fastidioso. No estaba acostumbrado a imposiciones, sin embargo el pueblo chuquisaqueño había logrado su propósito de ser la sede de los actos oficiales más importantes del Centenario. El dignatario había realizado un viaje de dos días vía férrea y en automóvil para llegar a la ciudad blanca, rechazando vehemente viajar en el avión monomotor, Junkers-13[1] obsequiado al país por la colonia alemana. El retorno no fue más grato, el viaje duró 34 horas, el tren solo se detuvo en Oruro para repostar.

Ese mediodía el número uno había descorrido la enseña patria que galana cubría la hermosa obra póstuma del escultor francés Emmanuel Fremiet[2]: el monumento ecuestre del Grande Bolívar,  ubicado al ingreso del Prado paceño, dándolo por inaugurado, pese a que hace unos días atrás, una pareja  a lomo de caballo, había descorrido el velo tricolor que cubría la Gigante de América, develando anticipadamente tan hermosa obra de arte. 
   
Ahora la prosecución de la fiesta se daba cita en el campo de volación. El sol brillaba con todo su esplendor en un cielo azul, en el que no se dibujaba ninguna nube.  La música de las bandas y el ambiente festivo reinaban en las graderías que habían sido adornadas con banderas y escudos nacionales. En la parte central de las tribunas, se ubicaron las principales autoridades nacionales e invitados de las potencias extranjeras repartidos en diplomáticos, enviados y jefes militares. En ambos costados se ubicó la población civil.  Enseñas patrias por doquier, en manos de niños, hombres, mujeres y ancianos por igual. La población en general, jubilosa, se encolumnaba como cofradía devota entonando la composición de José Ignacio de Sanginés. Alrededor de las tribunas y de todo el campo se encontraban distribuidos los despectivamente denominados cholos e indios que habían llegado de todas las poblaciones altiplánicas circundantes.

La parada militar con todo su brillo prometía encandilar a propios y extraños, no por nada ese ejército era considerado por los expertos, como el “el mejor y más moderno ejercito de Sudamérica”, su mentor… Hans Kundt.

Una densa polvareda invadió la zona. Creció la ansiedad. Cuando el tamo se asentó, la multitud pudo advertir el imponente carruaje de gala tirado por seis corceles blancos, debidamente acicalados. En su interior el número uno aguardaba con protocolar pose. El general Kundt descendió de la primera gradería. El número uno bajó del carruaje. El general le dio el parte. Entonces tronó con mágico boato el Himno Nacional, los corazones se aceleraron, un sarpullido recorrió la piel de todos los presentes. A su son, el primer mandatario y su General aguardaron el fin del canto patrio. Cuando este cesó, un cerrado aplauso coronó la majestuosa ejecución.

De inmediato, sonó la marcha prusiana de presentación. El número uno, acompañado del general tomó la revista a un ejercito boliviano que acaba de adoptar para siempre, el clásico uniforme  de estilo corte alemán, despojándose, también para siempre del uniforme que reproducía al ejército francés. 

El primer mandatario se dirigió al palco de honor saludando parcamente a las otras autoridades e invitados, tomó asiento al lado de su esposa. Kundt saludó a la distancia a su esposa Gertrude, ataviada con un inmenso abrigo de pieles. Entonces, volvió a lo suyo y las tropas comenzaron a desfilar encolumnadas por el Campo de Marte.
  
En el palco oficial, el número uno tenía su propia procesión interior. Ciertamente estaba  perturbado, nervioso, tenía un importante anuncio que hacer a la nación y no veía la hora de que el acto militar culmine. Con la visita de decenas de representantes y delegaciones extranjeras, lo adecuado era ser prudente y el consideraba que ese era el momento propicio para lograr su respaldo. Su impecable esmoquin negro, con camisa blanca y pechera almidonada, atravesado por la banda tricolor contrastaba ciertamente con la adusta expresión de su rostro moreno, apenas disimulado por algún saludo protocolar a la inmensa congregación.

Pese al inmenso ajetreo que anidaba a escasos metros de él, su mente se transportaba a otros parajes, a otros instantes…como a esos primeros días de febrero del año del primer centenario de la república que transcurrían plácidos. Entonces, el número uno abruptamente, apoyado en su demoledora aplanadora congresal, había decidido “respetar” la tradición de entregar el mando de la nación el 6 de agosto de ese año, por lo que acababa de prorrogar su mandato por seis meses más. Narcisista, el número uno, no habría de permitir que otro que no sea él, festeje los primeros cien años de trágica existencia del barco que ahora lo tenía a él como timonel. Más sin embargo, otro era el afán que enturbiaba su espíritu y gobernaba sus pensamientos a cada instante. Sabido es que el vino del poder embriaga la razón desquiciándola y ese vino a veces mortal, discurre por andariveles que envilecen el alma, hasta extinguirla.

El número uno quería quedarse, no cabía duda alguna. Pero pese a su control total de un legislativo amanuense, el horno no estaba para bollos, la población no toleraría el ansia prorroguista, las fuerzas armadas tampoco, al menos no las bases, sin embargo el número uno tenía un as bajo la manga. Ernst Röhm, militar alemán, habituado a los trabajos “ocasionales”, cuya presencia oficial en el país sería recién sería reconocida a partir de 1928.

Si bien la cabeza visible del ejército era el general Hans Kundt, entre las sombras, sin saber de su presencia en el país, se movía el inefable Röhm, fundador de las SA y amigo personal de Adolf Hitler. Era él quien se encargaba de los asuntos “especiales” y desde hace un tiempo, por expreso mandato del número uno, tenía una misión especialmente sensible: seducir al grueso del alto mando militar, comprometiéndolo al objetivo del número uno, fundar la “Segunda República”, teniendo en el número uno, a su primer presidente vitalicio.

Kundt debía ser el último en enterarse. Cuando no hubieren más opciones él tendía que sumarse. El irascible carácter del general alemán hacía impredecible su reacción si conocía el plan del número uno antes de lo previsto. Debía explotarse el hecho que éste tenía las aguas divididas. Había que sumar a quienes veían en él a un maestro de las armas. Para ello, Ernest Röhm y el número uno, sabían que en todas las épocas, “don dinero” tenía una especial virtud para el convencimiento.

El conmovedor agitar de manos para recibir al mismísimo general Kundt, montado en su caballo negro, seguido por los oficiales de su Estado Mayor, volvió al número uno brevemente a la realidad que acontecía ante sus ojos sin brillo. Al pasar por el palco presidencial, Kundt bajó su sable de manera lenta y solemne. Todo el público se puso de pie para ovacionar al militar alemán. Tras de él y de sus oficiales, un grupo de jinetes portando tricolores rojo, amarillo y verde se robaron nuevos aplausos de un público incontenible de emoción. A paso de parada, que agitaba sus penachos blancos sobre los cascos, hizo su ingreso el Batallón de Cadetes, portando sus bayonetas al hombro. Detrás de ellos hizo su aparición el Primer Regimiento de Infantería, luego las tropas a pie con su propia banda de música, que para sorpresa de todos a su paso por el palco presidencial, tocó la marcha alemana “Du Berliner Pflance”.

El desfile militar transcurría, el número uno aunque presente, se encontraba ausente. Su mente se remontaba nuevamente a evocar imágenes difusas. Se justificaba al tratar de traducir el pensamiento del Libertador cuyo monumento había descubierto ese mismo día “Acasho Bolívar no proponía una presidencia vitalicsha… tengo la obligashón histórica de imponer su voluntad… este y no otro es el momento y yo el elegido”.

Era evidente que el número uno tenía una fuerte tentación totalitarista. Le seducía el poder de sobremanera. Haría lo que sea por prorrogarse y mientras tuviera la fidelidad de las fuerzas armadas podía contar con aquello.

Habiendo sido posesionado el 28 de enero de 1921, su mandato fenecía exactamente cuatro años después. Sin embargo su sed de poder lo inducía a elucubrar soluciones reñidas con la ley. Con el pretexto de respetar la tradición constitucional, hubo de prorrogar su mandato por siete meses más, para entregar el mando a su sucesor el 6 de agosto de 1925. Un solo anuncio bastó para comunicar esa decisión. Una prensa amordazada y amedrentada, un Congreso que aún recordaba su clausura, la persecución y el destierro de opositores, era el caldo de cultivo ideal para que el caudillo haga su voluntad.

Percatado del adormecimiento de la sociedad, el número uno cambió nuevamente de decisión, ya no se iría el 6 de agosto como mandaba la tradición que él decía respetar, ahora en su omnipotencia, había decidido entregar el mando de la nación el 25 de agosto, “para poder dar una cálida despedida a las delegaciones diplomáticas invitadas para los festejos”. Ser el “Presidente del Centenario” acrecentaba su narcisismo.

Ese año, 1925, las elecciones presidenciales y vicepresidenciales habían sido convocadas para el 1 de mayo, mientras que la elección de diputados y senadores se produciría al día siguiente 2 de mayo.

Los constantes cambios de humor del mandatario, así como esa personalidad aviesa por el poder, determinaron que el general Kundt manifieste su intención de irse del país una vez se cumpliera la vigencia de su contrato el 8 de febrero de 1925, Arduos fueron los empeños del número uno para convencer al alemán para quedarse a respaldar su régimen. Una vez que lo logró debía asegurarse que su poder no sea temporal.

Las elecciones de mayo fueron fácilmente ganadas por el caballo del corregidor. La fórmula apadrinada por el número uno, compuesta por Gabino Villanueva y por el propio hermano del mandatario, Abdón Saavedra, se había impuesto a Daniel Salamanca y José Luís Tejada Sorzano. No obstante, lejos de alegrarse, el gobernante se deprimía sólo de pensar que dejaría ser inquilino de Palacio Quemado.

En esos días que parecían lejanos, una convicción se anidó en la conciencia del número uno; había que pergeñar un plan que aseguré su perennidad en el primer cargo de la nación. El tiempo era vital, clave para el éxito de la empresa del mandatario. No bastaba contar con el respaldo del alto mando militar, había que sumar a la mayoría de la población a la causa, había que encontrar la excusa justa para propiciar el apego al régimen. Se aproximaba la hora de la “guerra” y es bien sabido que toda guerra tiene sus víctimas. Se debía establecer las prioridades, jugar con maestría el ajedrez político, alguien debería sacrificarse. Era imperioso encontrar un motivo de comunión, que asegurará su permanencia en el poder supremo del Estado.

El estruendo de una nueva banda de música, que anunciaba el advenimiento de otro regimiento lo devolvió a la realidad otra vez.


[1] Primer avión  que propició la creación del Lloyd Aéreo Boliviano, el 15 de septiembre de 1925.
[2] Falleció en 1910. Su obra “Bolívar Ecuestre” fue adquirida por la Prefectura de La Paz a una casa de subastas de París.

CAPITULO 3

Los escasos doce kilómetros que separaban al Palacio de Gobierno del campo de volación, hubieron de parecerle a Pedro tan distantes como aquel primer momento en que toda esta gesta personal había comenzado para él, entonces, al ritmo de su montura, su mente trató de remontarse al preciso momento en que todo dio inicio. Miles de imágenes se le cruzaron por su mente, caóticas y rebeldes, entremezcladas en una danza tribal que desconocía y lo confundía, trató de atraparlas y no pudo, la adrenalina gobernaba su pensar. Hasta que llegó a la Ceja de El Alto, quedando una vez más, maravillado por aquel paisaje de los poemas. Se detuvo por un instante que parecía eterno, observó al inmortal Illimani. Reanudó su marcha, ordenó sus ideas, las mismas que empezaron a fluir nítidas… prolijas.

Pedro Joseph Villavicencio Murguía, 30 años, abogado de profesión, historiador por vocación, docente universitario en la facultad de Derecho de la Universidad Mayor de San Andrés, mediana estatura, contextura delgada, cabello negro, levemente ondulado, con una entrada pronunciada en el parietal izquierdo, disimulada por el mechón de cabello que le caía casi hasta la altura de la ceja derecha. Ojos negros, grandes y profundos, cejas poco pobladas, rostro delgado. Barba candado bien poblada, complementada con una barbilla rala subiendo por su mejilla hasta encontrarse con las patillas. Vestimenta siempre formal, camisa y saco a la moda, corbata moño siempre oscura.

Martes 11 de agosto de 1925, el catedrático está a punto de culminar una más de sus clases, con el curso de tercer año de la carrera de derecho. Era inevitable. Como cruel destino comparable al de los amores contrariados, Pedro se veía nuevamente acosado por aquel muchacho sediento de aprendizaje y de incuestionables aptitudes.

- Maestro,  ¿se puede obligar a observar la ley moral y privársenos de los medios necesarios para dicho fin?  Preguntó el discípulo.

-“No Víctor. Hemos de contar con el poder ya sea físico o de fuerza o bien moral o de derecho” contestó Pedro.

- ¿Entonces es el derecho moralmente inviolable?, volvió a preguntar el alumno

-“Sí, aunque sea violable físicamente” volvió a responder el profesor.

-¿Qué es el Estado como fuente de los derechos?

-“El Estado mismo no tiene derecho de existir, no tiene base para los derechos positivos que concede, puede sujetar a sus sujetos cualquier derecho que quiera y no puede tener derecho alguno contra otro Estado, esa es una precariedad, pero también una curiosa sutileza” contestó el maestro, “Además del alumno Paz Estenssoro, alguien más quiere hacer otra pregunta” dijo Pedro sabiendo lo vano de su intento por evitar al ignoto muchacho, a quien Pedro le reconocía sobrada capacidad intelectual, pero a la vez identificaba como fuente de retraso permanente en el desarrollo de su materia, más aún cuando percibía que los temas abordados por el estudiante, no eran precisamente de su asignatura y que pese a agradarle, estos en su mayoría no eran compatibles con el interés o el entendimiento del resto de la clase, que optaba unas veces por el silencio y otras por el abucheo.

Ante la pasividad de sus condiscípulos el joven volvió a la carga: ¿Qué ocurre cuando yo afirmo mi derecho y los demás se niegan a reconocerlo? 

La campana sonó, blindando a Pedro de las inquietudes de conocimiento del joven Víctor Paz.

-“Señores, nos reencontramos la próxima clase” se despidió Pedro.

-“Pero maestro ¿qué ocurre cuando los demás me imponen a mí un deber que yo me niego a aceptar?, insistió Víctor.

-“Hasta la próxima clase” contestó Pedro.

-“¡Maestro!... ¡maestro!” exclamó Víctor sin resignarse, de pronto una ola de sus compañeros, haciendo mofa de tanta insistencia lo arrastró hacia los confines del pasillo de la facultad, en medio del bullicio producido por los futuros profesionales.

Concluida su clase, Pedro de manera prolija empezó a recoger un par de libros, acomodándolos en su portafolio de cuero, cuyo color era apenas distinguible por lo gastado. Entonces, alguien toca en la puerta entreabierta del aula. Sin esperar invitación, el personaje se introduce acompañado por dos militares rasos, quienes a la sola señal se quedan en vigilia, a ambos lados de la estrecha puerta.

El hombre, vestido de civil, es claramente extranjero, de aproximadamente 40 años, 120 kilos, y 1,80 mts., de estatura. Robusto, cabello claro, peinado “libro”, corte peculiar, con la nuca y los laterales rapados al ras, bigote chaplinesco y una clara cicatriz atravesándole el pómulo derecho y la nariz y otra más pequeña en la barbilla. Traje oscuro, camisa blanca, chaleco oscuro, corbata al tono, con una pequeña insignia del ejército boliviano sobre la solapa izquierda. 

-“Querido profesor es un honor conocerlo”, saludó el visitante, con claro acento alemán.

-“Quien tiene ese dudoso honor” respondió irónicamente Pedro, sin apartar su vista de su maletín.

-“Digámoslo así -prosiguió el alemán, queriendo ser simpático- alguien que admira mucho su trabajo y que representa a alguien que lo admira aún más que yo, pero que es inmensamente más poderoso de lo que usted o yo seremos nunca mi querido profesor”

Pedro se volvió lentamente, acaso pretendiendo encontrar las palabras justas, miró fijamente a los ojos del visitante y le espetó “El hombre más poderoso es aquel  que es dueño de sí mismo… y la verdad aún no conozco a nadie que se precie de ello”

“Mein freund, más reinos derribó la soberbia que la espada...” respondió en tono amable el alemán y remató “dejemos los eufemismos y vamos al punto que motiva mi visita…”

-“Preferiría hacerlo sin que parezca obligado a ello –interrumpió Pedro- es sugestivo tener dos uniformados en la puerta de este recinto…”

-“¡Klar, mein freund! disculpe mi torpeza” exclamó el alemán, aparentando verdadera contrariedad. Hizo un par de señas y los soldados abandonaron el lugar. Entonces el visitante se presentó.

-“Soy el capitán Ernst Röhm, responsable en jefe de asuntos especiales del Estado Boliviano…”

-“Creía que el tratado de Versalles prohibía cualquier injerencia de súbditos de su país en asuntos de otros Estados”. Volvió a interrumpir Pedro.

-“Hablemos de lo importante por favor –dijo en tono áspero el alemán, cuyo carácter irascible era difícil de disimular- existen temas que serán de su interés, se lo puedo asegurar, eso si me permite continuar”.

-“Al contrario, le ofrezco mis disculpas, creo que no fui un buen anfitrión, hablemos en lugar más cómodo, hágame el favor de acompañarme al salón de reuniones, allí tendremos privacidad” –le dijo Pedro en tono cordial e inmediatamente condujo al visitante a un salón inmediatamente contiguo, en el que destacaba, una mesa mediana, redonda y desnuda, un librero con algunos libros, pocos para una Universidad, una alfombra gastada y paredes con algunas fotografías de antiguos Cancelarios[1] de la Casa Superior de Estudios -“se sirve un café”…- invitó el anfitrión – “No me apetece nada” fue la respuesta también cordial - “prosiga por favor” – terminó Pedro.

- “Vielen Dank, querido profesor, sabe usted… soy un viejo sobreviviente de la gran guerra, esta medalla –señalándose la cicatriz en la cara- representa el gran amor incondicional que este insignificante soldado siente por la Madre Patria, pelee por ella con mis hermanos y fueron esos mismos hermanos los que pretendieron condenarme al ostracismo, encerrándome en una mazmorra durante quince meses… la patria lo es todo mein freund, la patria lo es todo… hoy el destino ha querido que mis humildes servicios sean requeridos por esta nueva Patria, a ella me debo ahora y de ella quiero su grandeza…”

-“Comulgamos en aquello” cortó Pedro, queriendo despojar de solemnidad al diálogo, no lo logró.

-“Mein Land resignó la vida de casi dos millones de sus hijos” –el tono languidece, casi extinguido por la emoción, de pronto se eleva y los ojos de Röhm se clavan en los de su interlocutor – “¿sabe usted profesor el significado de mirar la muerte a la cara y desear con toda el alma que esta se apiade de uno y se lo lleve?…¿sabe usted el dolor de ver marchita una vida joven que pudo ser la de uno?… la Patria, profesor, la Patria… ¡merece eso y más!”.

- “Es difícil entender una realidad tan cruenta capitán”, -dijo Pedro con tono respetuoso- “no quiero importunarlo, pero tengo una cita programada con antelación y…”

-  “Profesor, amanse su espíritu y preste atención a lo que tengo que decir”.

No fueron las palabras, ni su gesto lo que paralizaron a Pedro… ese hombre imponía autoridad, infundía miedo.

- “Este humilde soldado es orgulloso fundador de la gloriosa S.A. alemana, ha sido un incansable peón del Freikorps en su lucha contra la aberración antigermánica del estado bávaro, ¡caramba!, pelee contra las leyes bastardas de Weimar y su malparida República… quiero transmitirle profesor, que este hombre” – dice Röhm con tono dramático y golpeándose el pecho- “es un inclaudicable soldado enfermo de amor por su patria…” -y prosiguió con su monólogo, ante la atenta mirada de Pedro – “Mein Land estuvo al borde de la desintegración, de perecer en manos de cerdos comunistas, pero ha vuelto a la vida y con más vigor, le aseguro profesor” –y mira fijamente a los ojos de su interlocutor- “que la Deutschland aplastará a sus enemigos internos y externos y en algún momento, espero que cercano, será la luz que ilumine al mundo”.

Pedro no pudo evitar hacer un gesto de contrariedad, lindante con la incredulidad, rascó su cabeza y volvió a fijar su vista sobre el robusto alemán quien advirtió el estado de ánimo de su obligado anfitrión”.

-“Mein freund, disculpe usted mi ímpetu… ahora entenderá que el mío no es un discurso vacío, ¡caramba, no es un discurso! – y por primera vez el rudo alemán se permitió una risotada – “Bolivia es un país difícil de entender, pero que se llega a querer, la verdad es que tras grandes esfuerzos he logrado cambios moderados…cualquiera que tenga exigencias modestas como yo, puede vivir aquí, la realidad mein freund, es que este entrañable país esta ahora mismo, a puertas de afrontar un peligro que puede lacerar su existencia”. Mejor que yo, usted sabe que a fines del siglo pasado estas tierras fueron asoladas por una guerra civil, propiciada por visionarios que proponían un cambio para bien de los destinos de este pueblo y aquellos viejos aristócratas que pretendían conservar para sí los privilegios añejos que mal heredaron”.

-“¿Se refiere usted a la disputa entre La Paz y Sucre?”- se permitió interrumpir Pedro.

-“Wenn, richtig querido profesor” afirmó Röhm.

-“¿Disculpe?”- retrucó Pedro, y agregó con el tono sarcástico que tan bien conocía –“lo siento, es que últimamente mi alemán no es tan fluido como antes”.

Röhm entendió el mensaje –“Perdóneme mi querido amigo, es difícil dominar la lengua materna, en todo caso le pido disculpas tanto por mi horrendo castellano, como por si mi idioma de cuna aflora de vez en cuando. Le decía que sí… usted tiene razón cuando se refiere a la guerra federal entre Sucre y La Paz

-“Tan federal que seguimos con todo el poder concentrado en una sola plaza”-advirtiendo los ojos furiosos de Röhm, Pedro sólo atinó a sugerir- “prosiga por favor, prosiga”-haciendo un gesto claro de coserse los labios.

-“Ha surgido, en los últimos meses, una sociedad clandestina autodenominada la “sociedad de los independientes”, cuyo objetivo es promover una nueva guerra fratricida entre ambos pueblos hermanos. Este grupo está conformado por gente poderosa económicamente y peligrosa espiritualmente, me reservo sus identidades por ahora. Todo grupo puede ser infiltrado y este lo ha sido, de allí la certeza de sus movimientos, bien pudiéramos utilizar la fuerza para desbandarlos, pero a veces la razón y la fuerza deben actuar de manera conjunta para ser efectivas. En este caso, la violencia fracturaría el movimiento, pero no lo extinguiría, sino que sería el pretexto justo que esta sociedad necesita para propalar su inquina por La Paz y todo lo que ella representa. Las consecuencias pueden ser inimaginables e incontrolables, por ello debemos actuar con prudencia, con sigilo, pero sobretodo con astucia”.

-“Lo que usted dice es muy grave… ¿está hablando de la posibilidad de una nueva guerra entre Sucre y La Paz?”

-“Lo entendió claramente profesor”

-“Supongamos por un momento que lo que usted me dice es cierto,”

-“Claro que es cierto, no lo dude profesor” interrumpió Röhm.

-“Bien, supongamos que todo es cierto, pero… ¿Qué podría hacer un docente universitario para impedirlo? Además, sinceramente, no creo que existan ni ánimos, ni motivos que muevan nuevamente las almas de dos pueblos hermanos”.

-“Créame que las hay y debe reconocer que la patria chica es la que da vida a la grande. Las fidedignas informaciones con las que contamos, dan cuenta que aquel movimiento clandestino tiene apostadas todas sus fichas a un argumento incendiario, que puede motivar al pueblo sucrense a reivindicar su pretendido derecho a volver a ser la sede del gobierno y capital indiscutible del país y por contrapartida…obligar al valeroso pueblo paceño a defender lo que ha conquistado. Este argumento puede resumirse en una sola palabra querido profesor: PRIMIGENIA”.

Pedro lo miró absorto y con el ceño fruncido respondió:

-“¿Se refiere a quien se arroga el derecho del primer grito libertario?, ¿cual es la cuna de la libertad por así decirlo?”  

-“Correcto y aunque parezca trivial, es una demoledora razón que puede nublar el sentido común de dos pueblos hermanos en un principio y contagiar a todo el país luego, sin obviar que tenemos la plena constancia que una potencia extranjera incita los ánimos de aquellos subversivos y está dispuesta a proporcionar la logística y armamentos de los que careció hace treinta años la tierra del sur”

-“Capitán, soy paceño de corazón, amo a esta mi eterna tierra mágica, que para mi es la tierra prometida, pero pese a eso, para mí en el calendario, mayo estará siempre antes que julio y en eso no hay discusión, somos un pueblo acostumbrado a la rimbombancia, somos exitistas, no me importa ser el país que diera el primer grito libertario, sino el primero en salud, educación tecnología, en calidad de vida de sus ciudadanos… la verdad, me parece un tema menor, me interesa lo poco que somos hoy y lo poco que amenazamos ser mañana, así de duro, así de cruel, así…Nos rasgamos las vestiduras si alguien niega nuestra verdad, en lo que a mi respecta cualquiera de las ciudades puede quedarse con el “honor”… no me importa…Además, me parece que no es honesto intelectualmente enarbolar méritos en base a medias verdades históricas…le pregunto ¿Estados Unidos no es acaso parte de América? ¿No lograron su libertad en las arenas del honor? ¿Acaso esto no sucedió en 1776? O es que ahora también habremos de interpretar el calendario, la geografía y negar una verdad que no resiste la menor discusión. ¿Y que hay de los levantamientos indígenas? ¿No cuentan como un verdadero acto de sublevación contra el imperio constituido?, le recomiendo que revise nuestra historia capitán y se dará cuenta que la mayor parte de ella produce vergüenza, verá como por minucias similares a la que me expone, este mi pobre país se ha desangrado y sumido en la pobreza oprobiosa, siendo ingentes sus recursos naturales. Con lecturas parciales, interesadas y miopes como las de ambas facciones, no faltará pronto algún caudillito que a nombre de indios o de pardos o de quien quiera, se crea el Mesías y piense que toda la historia anterior no tiene valor alguno y crea en su pasajera omnipotencia que inaugura un nuevo tiempo, una nueva era y que por tanto la primigenia del grito libertario le corresponde…”        

- Puede que tenga razón, profesor, pero por encima de cualquier credo, considero que lo importante es evitar baños de sangre entre hermanos”

-“En eso tiene usted razón y si en algo puedo ayudar, es mi deber hacerlo, mas es bueno que sepa mi pensar”

-“Lo valoro, profesor y lo respeto. Preste ahora atención. La sociedad clandestina tiene una estrategia definida que promete ganar devotos y que incendiará la mecha del polvorín. Usted sabe que La Paz alega que la verdadera revolución, el inicio de la gesta libertaria le corresponde, entendiendo que el de Sucre fue un movimiento pro-fernandista y que en ningún caso se trató de una subversión contra la corona, sino un acto de abierta devoción hacia la misma. El argumento paceño se basa en la instalación de la junta tuitiva y en la redacción de su famosa proclama. ¿Qué consecuencias cree usted que acarrearía el hecho de que ésta no exista, o que hayan sido los ciudadanos de Charcas los autores de su redacción? Eso es lo que los subversivos pretenden demostrar aún sin demostrar nada…Me explico… estos filibusteros pretenden contagiar al pueblo del sur en base a sus falacias, pretenden sembrar la semilla del separatismo en caso de no lograr su objetivo de recuperar la sede de gobierno. Créame que existen intereses muy caros. La lógica es simple querido profesor, si la proclama de la junta tuitiva del 16 de julio no existe, o si se demuestra que su autoría corresponde a patricios chuquisaqueños, renacerá el pretexto de reclamar para sí el derecho histórico de ser sede de gobierno. Le reitero que en las actuales circunstancias, este objetivo sería compartido por más de un departamento, no se olvide por ejemplo que los cruceños sienten aún la afrenta que les infringió el General Kundt el año pasado, cuando con 2.000 hombres se paseó por su plaza central, haciéndoles tragar su protesta por la Ley de Minorías, y la clave para volcar definitivamente la balanza a favor de este descabellado proyecto sería la subterránea colaboración de una potencia extranjera, cuyo nombre no me es permitido revelarle todavía.

Pedro, se incorporó de su asiento, caminó hacia el ventanal de la vetusta sala y sin dar la cara a su interlocutor, mirando al horizonte preguntó con ritmo pausado “Y que puedo hacer yo… ¿hay algo que ustedes crean está a mi alcance?”

Antes que Pedro termine de hablar, Röhm se había incorporado también y se acercó a Pedro por la espalda y le susurró suavemente al oído “todo… usted puede hacer todo” Pedro pareció volver en sí de su aparente sopor y claramente incómodo con la escena caminó rápidamente hacia su silla, se sentó y con voz firme y tono imperativo dijo “hable capitán, que el tiempo de ambos es valioso”

-“Mein freund, su Patria requiere con urgencia de sus servicios, es urgente que usted pueda ayudar a su gobierno a encontrar el acta original de la junta tuitiva, la sola comprobación de la existencia de este documento con la rúbrica de los patriotas paceños, aplacaría la sed de sangre del sur, reivindicando y confirmando de una vez y para siempre el histórico derecho que le asiste a este emérito pueblo que…

Pedro interrumpió de manera brusca “un hereje no puede ser buen guía en la búsqueda del santo grial capitán, le repito, mayo es a julio lo que la semilla es al árbol… ¿Con respeto… por que no encomendar la tarea a personas más capacitadas que yo… no sé… el profesor Posnasky es una opción”

“Agradezco su sugerencia, no quepa dudas que esa y varias otras opciones, no muchas más a decir la verdad, fueron consideradas pero...” y subiendo efusivamente el tono Röhm agregó “¡vigor profesor, vigor!, esa es la explicación de su elección. Consideramos que la tarea que le encomendamos requerirá en extremo dedicación, destreza no sólo mental, sino física… su experiencia, sus publicaciones, su basto conocimiento históricos son cartas para nada despreciables Mein freund, usted es la persona ideal…piénselo, piénselo muy bien, esta es la oportunidad irrepetible de que usted no sea quien tan solo rebusque la historia, sino quien la escriba, está demás decir que el supremo gobierno será en extremo generoso con usted por sus valiosos servicios… tiene hasta el medio día de mañana para decidirlo” llevándose la mano al bolsillo derecho de su elegante traje, Röhm extrajo una pequeña caja de madera, de forma rectangular, algo carcomida, quizás por la humedad y extendiendo la mano se la ofreció a Pedro “Estamos impacientes, sabemos que se gesta ya el movimiento clandestino, debido a ello el presidente ha instruido movilizar tropas, que ya han partido rumbo a Sucre. Esta información es confidencial, con su ayuda podremos evitar el derramamiento de sangre. Nuestra urgencia es tal que ya iniciamos la frenética carrera en busca de respuestas y en encontramos esto, recíbalo en señal de confianza, espero su respuesta… 24 horas Mein freund…..24 horas” culminó Röhm, entregando además un papel con una dirección.

-“Cómo sabe usted que volverá a ver esta pieza de nuevo, que garantía tiene…”

-“ Mein freund… mein freund” dijo Röhm en tono sarcástico “es mejor que no sepa cuales son mis seguridades… y por cierto, esta conversación no existió jamás, es sólo para usted y está demás decirle que sé que mi presencia no será divulgada por usted… ¿nos comprendemos verdad profesor?, dijo Röhm a tiempo de besar ambas mejillas de Pedro a modo de despedida.

Pedro solo atinó a gesticular asintiendo con la cabeza. Röhm abandonó la sala.




[1] Rectores

CAPITULO 4

Absorto en sus pensamientos, procesando todo lo que había sucedido, Pedro descansó su cuerpo en la banqueta de madera casi al centro de la Plaza “Murillo” o “16 de Julio”, o Plaza “Mayor”  como preferían llamarla los mayores y hasta donde había llegado casi inconcientemente.

El reloj marcaba las catorce horas, el día era soleado, el mundo alrededor de Pedro parecía discurrir sin que él lo notara apenas. Volvió a abrir la pequeña caja, su contenido había intrigado su espíritu. Dentro descubrió una pequeña Biblia  amarillenta, con algunos bordes rotos. Pronto cayó en cuenta que se trataba de una Biblia Sacra, un tomo pergamino (Sacrae – Francisco Vatabli –1584).La hojeo, del final hacia delante, notó que estaba subrayada en muchos párrafos. Cuando llegó a la primera hoja, sus ojos no podían dar crédito a lo que miraban, la vieja tinta revelaba al tenedor primario de la original reliquia: “Propio de Dn. Pedro Domingo Murillo” más abajo “En el exercicio de la fé hé creído” más abajo todavía casi como pie de página “año de nuestro Señor de 1807”, Pedro sintió una inexplicable sensación, que lo hubo de paralizar por unos instantes. Cuando salió de su asombro pudo evidenciar que en la contratapa anterior existía una inscripción ininteligible: “XIGLEDMBWEMESYAEDDDQEXVFIIVISGZN”. Devolvió la Biblia a la caja, la cerró, volvió la cabeza hacia atrás y pensó… pensó.

Alrededor el mundo transcurría, un niño curioso contemplaba el monumento del prócer que se erguía al centro de la Plaza, trepado a la reja que la resguardaba. Vestía un traje oscuro, con un sombrero de fieltro, gris, majestic forrado. Desde el cuello y sobre los hombros caía un tenido blanco, a la usanza de los marineros. Su pantalón tres cuartos moría donde comenzaban sus medias blancas, a la altura de sus rodillas, a las que seguían unos zapatos negros sin lustrar. Algunos campesinos transitaban el lugar a paso raudo y apenas si elevaban la mirada para contemplar la imagen que maravillaba al niño. Sobre la calle de manera apresurada un par de religiosos abordaba el tranvía que pasaba por allí y que iba a depositarlos en el Hospital de Clínicas.      

XIGLEDMBWEMESYAEDDDQEXVFIIVISGZN” pensaba una y otra vez Pedro sin poder entender su significado, las horas se sucedían y él continuaba allí sentado, impertérrito, “XIGLEDMBWEMESYAEDDDQEXVFIIVISGZN”, por momentos su mente se transportaba horas atrás y volvía a recordar las palabras de Röhm, desordenadas, pero nítidas. Era cierto, esta era una oportunidad histórica, aunque el argumento de que la sola existencia del acta de la junta tuitiva evitaría una conflagración bélica fratricida le parecía muy endeble. Se sorprendió de estar sorprendido al percatarse que tan importante página en la historia americana, había sido tan poco profundizada por los historiadores y no podía dejar de sentirse culpable, asumiendo una negligencia que también le competía como ferviente investigador, para luego justificarse “es que todo parecía tan claro…no parecía existir razones de valía para remover ese capítulo histórico” se decía para sus adentros, comprendió con antipática sinceridad que sus ojos habían estado volcados en esudriñar la cultura tihuanacota e incaica, poniendo poco relieve a los acontecimiento de la última centuria.  XIGLEDMBWEMESYAEDDDQEXVFIIVISGZN   

Por fin se levantó de su asiento, hizo una mueca que denotaba el resentimiento de sus músculos y huesos por la impronta de tantas horas. Era un cuarto para las diecisiete, Pedro caminó y nuevamente pareció que las musas, aquellos sutiles arrebatos que suelen ocurrir al común de la gente, lo condujeron sin rumbo pero con destino cierto, ¿un despropósito? No…y él estaba allí, parado al frente de esa añosa casa, ubicada en la antigua calle Kaura Kancha, signada 666[1], de dos pisos, contemplándola, ensimismado en sus pensamientos “XIGLEDMBWEMESYAEDDDQEXVFIIVISGZN”, apoyado en la pared del frente, en esa estrecha callejuela por la que la vecindad pasaba sin pasar para Pedro. Hasta que la puerta de la casa se abrió, saliendo e ella una ancianita para echar sus aguas a la calle, al hacerlo notó la presencia de aquel hombre cuya mirada, era evidente, pretendía penetrar por la intimidad más allá del umbral.

-“¿Que miras?” le espetó la anciana despertando a Pedro, quien trató rápidamente de disipar la notoria desconfianza y mal humor de la mujer con una frase que ella le pareció altanera

–“Es que soy docente universitario y…”

–“y eso que diantres me importa” se despachó la abuela y agregó “si usted buscas a Vicente él ya no vive aquí, ni siquiera se si vive…”

-“No señora mía disculpe usted no entiende” interrumpió Pedro con tono conciliador.

-“Seré bambuca o loca para no entenderte, usted buscas a Vicente” cortó sin ningún modal la mujer.

-“Por favor mi distinguida dama, reciba su gracia mis más sinceras disculpas si la contrarié, le juro que no conozco al Vicente que habita o habitó esta digna casa, quien le habla es su humilde servidor que funge como docente de la Univeridad y siendo esta la casa que perteneció al inmortal Pedro Domingo Murillo, no pude evitar quedar prendado de su halo histórico”   

Semejante repertorio hubo de surtir efecto en el abatido espíritu de esa frágil anciana que protegía a “su” Vicente: compañero, hijo o nieto vaya uno a saber. Entonces, bajando totalmente la guardia impuso su verdad a Pedro.

- “Esta casa nunca fue de Murillo, él vivió aquí pero sólo como inquilino, siempre hay sido de mi familia, desde la época de mi abuelo José Ramón de Loayza. ¿Puedo ayudarte en algo?” dijo, más serena y ahora apacible la pequeña mujer.

-“La verdad que si puede ayudarme…” dijo Pedro con voz suave y reverente, “Sería un honor para mi respirar la historia que guarda celosa su digna casa, quisiera conocerla por dentro si usted me lo permite

La anciana guardó breve silencio que pareció eterno, pareció incomodarse con la solicitud y mirando a los ojos de Pedro con el rostro sonrojado contestó.

-“Sabes, es tarde ya y soy una mujer que vive sola, usted debes saber que la gente es maliciosa, no quiero murmullos, ni habladurías…tal vez mañana

-“¿Le parece a las ocho de la mañana? Preguntó Pedro con la ciega esperanza que la anciana respondería favorablemente su pedido.

-“Tal vez mañana” volvió a repetir suave la abuela y se perdió tras la puerta que se cerró pacíficamente.

-“Mañana entonces” pensó Pedro y se retiró para ocuparse de su cuerpo, la noche caía. La clave “XIGLEDMBWEMESYAEDDDQEXVFIIVISGZN”, golpeaba su mente una y otra vez.




[1] CASA DE MURILLO, actual calle Jaén

CAPITULO 5

Un espíritu ansioso es siempre poco proclive al descanso y son las pesadillas y alucinaciones subterráneas las que ofrecen revelaciones. Por ello, Pedro vio llegar el amanecer del miércoles 12 de agosto de 1925,  con una idea fija.

 “El mejor lugar para esconder una hoja es el bosque”. Aún no asimilaba el pavoroso privilegio que lo ceñía, desconcertándolo, infundiendo su alma de la ilusión de revelar verdades vedadas. No podía menos que sentirse perplejo. Mientras se aseaba, pensaba en las muchas ocasiones en las que sus investigaciones lo llevaron a cuevas y laberintos, desentrañando historias añejas ya olvidadas, historias narradas por tradición oral o acaso escondidas en los amarillentos informes de espeleólogos y buscadores de tesoros.

“El mejor lugar para esconder una hoja es el bosque” se repitió y enfiló sus pasos a la biblioteca pública. Lamentaba postergar su visita a la casa habitada alguna vez por Pedro Domingo Murillo, y ahora por la anciana que vivía por su Vicente, pero estaba convencido que el recinto en cuyas entrañas se agita la vida de una multitud de seres que supo ganar la inmortalidad, era el destino correcto.

El día se había tornado frígido y lluvioso, las puertas de la institución pública mantenían su virginal posición de cada mañana sin abrirse todavía. El silencio y la soledad tenían esa impresionante vigencia que acongoja. Los minutos se hicieron eternos, hasta que apareció la encargada del templo del conocimiento.

-“¿Otro insomnio profesor?” fue el saludo que la mujer entrada en edad y peso dedicó a Pedro.

-“¿Otra vez la dejo el tranvía?” respondió con sarcasmo Pedro.

Liberado de los protocolos, Pedro pudo abocarse ávido a su tarea. Optó por remitirse a los periódicos celosamente guardados en la hemeroteca. Instintivamente buscó fechas obvias.

-“16 de julio, 16 de julio 16 de julio”, seleccionó ejemplares de los últimos años de `El Comercio` y ´La Tribuna` de La Paz, también de `La Industria` y `El Día` de Sucre, con similar premisa “25 de mayo”. No encontró nada especial en los ejemplares de aquellas fechas. Decidió intentar con otras.

Las brumas traducidas en páginas de diarios, no esclarecían nada todavía. Las citas se limitaban a narrar las tediosas celebraciones y actos cívicos anuales, hasta que su búsqueda se detuvo en la página 3 de `La Tribuna`, edición de fecha 6 de julio de 1893, a partir de la cual empezó a entender la verdadera dimensión del drama que quería evitarse. (…) una ciudad de pesada atmósfera, favorable al desarrollo del idiotismo y la locura, razón por la que tuvo necesidad que construir un manicomio, una población privada de hoteles y clubs, que no puede ofrecer siquiera mediana comodidad a sus huéspedes, que carece de un regular teatro donde pasar agradablemente el tiempo” rezaba el periódico, como argumentos que se esgrimían para negar la pretensión de Sucre de ser la Capital definitiva de la República.

En forma cada vez más espantosa y abierta lecturas similares lo fueron convenciendo de que se adentraba en aguas gélidas y peligrosas, mas el espíritu humano es casi siempre igual en todas partes y en todas las épocas, no pudo resistir la tendencia que induce al hombre a asomarse al abismo.

El Día, Sucre 25 de Julio de 1893, página 3  “(…) Nos llamais locos y decis que nuestra Universidad está en decadencia, que somos tan pobres que para dar un banquete tenemos que morirnos de hambre, que no tenemos hoteles. Todos estos absurdos los vemos con el más hondo desprecio, son frases de indio insolente que se figura ser caballero por que viste levita(…)”. “(…) El odio que nos teneis es efecto de vuestra raza, enemiga siempre del blanco, incapaz de nobles sentimientos é impulsada siempre por feroces instintos. Estais hinchados por necias pretenciones, porque habeis aprendido á hablar en mal castellano, pero aún teneis verde la boca (…).

El Comercio, La Paz, 21 de junio de 1893, página 2 “(…) Se ha lanzado una especie inspirada en pasioncillas; se ha despertado el temor de que volviese la representación de La Paz a sustentar el proyecto de constituir á ésta capital de la República. Declaramos, para desvanecer esos temores, en nombre de nuestra diputación que tal iniciativa no será formulada”

La Tribuna, La Paz, 11 de julio de 1893, página 3 “(…) El embajador de Argentina en Bolivia expresó textualmente que el 25 de mayo de 1809 se dio el primer grito de independencia de la América, habiéndose secundado el 16 de julio del mismo año en esta ciudad (…) El señor Serapio Reyes Ortiz, que no debía permitir tal anacronismo, rectifícale en otro discurso, haciendo notar que el 16 de julio es la fecha gloriosa y la primera en que se derramó sangre por la libertad de América, y la única en que se lanzó un documento histórico, que es la Proclama de la Junta Tuitiva

El Prisma, La Paz, diciembre de 1848.  “El departamento de La Paz conoce bien que las pretensiones del Sur, y en especial la de sus viejos caudillos, han sido las de deprimir a este pueblo, reducirlo a la humillación y a la nada, para disfrutar de sus caudales a fuerza de caballeros y atenienses, haciendo consentir que en La Paz no, no conocían el uso de platos y el mantel, que sus principales vecinos olían a taquia y coca, y que sentían asco al sentarse al lado de un paceño. Subyugar a La Paz, quitarle su orgullo, azotarla, apedrearla y apalearla, he aquí lo que se quiere, y he aquí lo que no quieren conocer los paceños”.

La Reforma, La Paz, 15 de julio de 1876. “No entraremos mas en la cuestión histórica sobre la primogenitura de la Independencia Americana, porque la verdad y la justicia han escrito y sancionado, que la gran epopeya con que comenzó el siglo XIX en este continente, la inmortal guerra de los quince años principió aquí en la ciudad de La Paz

El Telégrafo, La Paz, 15 de julio de 1859. “16 de julio: Algún pueblo de América con miras menos nobles, proclamó dos meses antes a la hermana de Fernando VII. La Paz no quiso cambiar amos, gritó independencia, clamó libertad. Oigamos sino la proclama de la Junta Tuitiva.


Pedro se sintió abrumado, entendió a cabalidad la amplitud de la responsabilidad que se le encomendaba, detuvo la lectura, se restregó los ojos, su mente viajo por rumbos insondables, casi mecánicamente empezó a hojear los diarios, hasta que llegó a un ejemplar de 1923, “casi ayer nomás” pensó Pedro y por casualidad las ventanas de su alma se posaron en un aviso “Corra la voz…Otra línea de Tranvía hace falta en La Paz. Apoye, colabore, exija. No es para mal de nadie, sino para bien de todos” Se sonrío “Siempre rebeldes” se dijo asimismo en referencia a sus pares de la ciudad. Pasó a otro anuncio “Confites antivenéreos, las celebridades médicas la certifican. Evite las peligrosísimas sondas, no hay medicamento más milagroso que los confites. De venta en acreditadas farmacias”. Y luego a otro “Su seguridad ante todo, cuando viaje usted, obtenga un seguro contra accidentes. Cobertura cualquier viaje. Tren, automóvil, tranvía, carreta y caballo”. Un Papa Noel con un cigarrillo entre los labios, y una caja del producto lo distrajo a continuación “Merry Christmas for every smoker. Camel Cigaretes, Prince Albert Smoking Tobaco. Solo para gustos comprobados”. Por último un llamativo anuncio daba cuenta del próximo estreno de una película alemana “El gabinete del doctor Caligari, de Robert Wiene, guión de Hans Janowitz y Carl Mayer. Descubra los atroces crímenes del desquiciado Dr. Caligari y su fiel sonámbulo Cesare”.

Como si despertara de su letargo, llevó su mano al bolsillo de su chaleco, sacando su reloj “Sherwood”, “Carajo, mis clases” atinó a decir y se levantó raudamente.