SINOPSIS:

Agosto de 1925, se celebra el primer centenario de la República. Las heridas de la guerra Federal no han cicatrizado todavía. La Sociedad de los Independientes promueve un nuevo movimiento armado desde Sucre para recuperar la sede de gobierno. La única alternativa para neutralizar la conspiración es demostrar la existencia del Acta de la Junta Tuitiva, que probaría que el primer grito libertario surgió en la ciudad de LaPaz. El gobierno de Bautista Saavedra, a través de Ernest Röhm, contrata los servicios de Pedro Joseph Villavicencio Murguía, cuya misión será la de encontrar la famosa proclama, siguiendo una serie de pistas que lo conducirán a un viaje apasionante en búsqueda de la verdad.La sociedad de los Independientes tratará de evitar por todos los medios, que Pedro cumpla su cometido, éste se percatará pronto que se encuentra atrapado en un peligroso juego de intereses del más alto nivel, arrastrando consigo a Larissa Larraín, la arqueóloga experta. Hay más en juego de lo que parece…el tiempo se acaba…

viernes, 24 de febrero de 2012

CAPITULO 2

El campo de volación en El Alto, bullía con una masa viva, entregada al fervor cívico por lo que esa tarde del lunes 17 de agosto de 1925 encarnaba. Se festejaba todavía el primer centenario de la República. Hace apenas unos días, el primer mandatario había retornado de la ciudad de Sucre donde el jueves 6 de agosto, había tenido lugar el Te Deum y la Sesión Solemne del Congreso en la Casa de la Libertad. El cansancio acumulado por los días tan ajetreados se notaba en su rostro. El número uno estaba fastidioso. No estaba acostumbrado a imposiciones, sin embargo el pueblo chuquisaqueño había logrado su propósito de ser la sede de los actos oficiales más importantes del Centenario. El dignatario había realizado un viaje de dos días vía férrea y en automóvil para llegar a la ciudad blanca, rechazando vehemente viajar en el avión monomotor, Junkers-13[1] obsequiado al país por la colonia alemana. El retorno no fue más grato, el viaje duró 34 horas, el tren solo se detuvo en Oruro para repostar.

Ese mediodía el número uno había descorrido la enseña patria que galana cubría la hermosa obra póstuma del escultor francés Emmanuel Fremiet[2]: el monumento ecuestre del Grande Bolívar,  ubicado al ingreso del Prado paceño, dándolo por inaugurado, pese a que hace unos días atrás, una pareja  a lomo de caballo, había descorrido el velo tricolor que cubría la Gigante de América, develando anticipadamente tan hermosa obra de arte. 
   
Ahora la prosecución de la fiesta se daba cita en el campo de volación. El sol brillaba con todo su esplendor en un cielo azul, en el que no se dibujaba ninguna nube.  La música de las bandas y el ambiente festivo reinaban en las graderías que habían sido adornadas con banderas y escudos nacionales. En la parte central de las tribunas, se ubicaron las principales autoridades nacionales e invitados de las potencias extranjeras repartidos en diplomáticos, enviados y jefes militares. En ambos costados se ubicó la población civil.  Enseñas patrias por doquier, en manos de niños, hombres, mujeres y ancianos por igual. La población en general, jubilosa, se encolumnaba como cofradía devota entonando la composición de José Ignacio de Sanginés. Alrededor de las tribunas y de todo el campo se encontraban distribuidos los despectivamente denominados cholos e indios que habían llegado de todas las poblaciones altiplánicas circundantes.

La parada militar con todo su brillo prometía encandilar a propios y extraños, no por nada ese ejército era considerado por los expertos, como el “el mejor y más moderno ejercito de Sudamérica”, su mentor… Hans Kundt.

Una densa polvareda invadió la zona. Creció la ansiedad. Cuando el tamo se asentó, la multitud pudo advertir el imponente carruaje de gala tirado por seis corceles blancos, debidamente acicalados. En su interior el número uno aguardaba con protocolar pose. El general Kundt descendió de la primera gradería. El número uno bajó del carruaje. El general le dio el parte. Entonces tronó con mágico boato el Himno Nacional, los corazones se aceleraron, un sarpullido recorrió la piel de todos los presentes. A su son, el primer mandatario y su General aguardaron el fin del canto patrio. Cuando este cesó, un cerrado aplauso coronó la majestuosa ejecución.

De inmediato, sonó la marcha prusiana de presentación. El número uno, acompañado del general tomó la revista a un ejercito boliviano que acaba de adoptar para siempre, el clásico uniforme  de estilo corte alemán, despojándose, también para siempre del uniforme que reproducía al ejército francés. 

El primer mandatario se dirigió al palco de honor saludando parcamente a las otras autoridades e invitados, tomó asiento al lado de su esposa. Kundt saludó a la distancia a su esposa Gertrude, ataviada con un inmenso abrigo de pieles. Entonces, volvió a lo suyo y las tropas comenzaron a desfilar encolumnadas por el Campo de Marte.
  
En el palco oficial, el número uno tenía su propia procesión interior. Ciertamente estaba  perturbado, nervioso, tenía un importante anuncio que hacer a la nación y no veía la hora de que el acto militar culmine. Con la visita de decenas de representantes y delegaciones extranjeras, lo adecuado era ser prudente y el consideraba que ese era el momento propicio para lograr su respaldo. Su impecable esmoquin negro, con camisa blanca y pechera almidonada, atravesado por la banda tricolor contrastaba ciertamente con la adusta expresión de su rostro moreno, apenas disimulado por algún saludo protocolar a la inmensa congregación.

Pese al inmenso ajetreo que anidaba a escasos metros de él, su mente se transportaba a otros parajes, a otros instantes…como a esos primeros días de febrero del año del primer centenario de la república que transcurrían plácidos. Entonces, el número uno abruptamente, apoyado en su demoledora aplanadora congresal, había decidido “respetar” la tradición de entregar el mando de la nación el 6 de agosto de ese año, por lo que acababa de prorrogar su mandato por seis meses más. Narcisista, el número uno, no habría de permitir que otro que no sea él, festeje los primeros cien años de trágica existencia del barco que ahora lo tenía a él como timonel. Más sin embargo, otro era el afán que enturbiaba su espíritu y gobernaba sus pensamientos a cada instante. Sabido es que el vino del poder embriaga la razón desquiciándola y ese vino a veces mortal, discurre por andariveles que envilecen el alma, hasta extinguirla.

El número uno quería quedarse, no cabía duda alguna. Pero pese a su control total de un legislativo amanuense, el horno no estaba para bollos, la población no toleraría el ansia prorroguista, las fuerzas armadas tampoco, al menos no las bases, sin embargo el número uno tenía un as bajo la manga. Ernst Röhm, militar alemán, habituado a los trabajos “ocasionales”, cuya presencia oficial en el país sería recién sería reconocida a partir de 1928.

Si bien la cabeza visible del ejército era el general Hans Kundt, entre las sombras, sin saber de su presencia en el país, se movía el inefable Röhm, fundador de las SA y amigo personal de Adolf Hitler. Era él quien se encargaba de los asuntos “especiales” y desde hace un tiempo, por expreso mandato del número uno, tenía una misión especialmente sensible: seducir al grueso del alto mando militar, comprometiéndolo al objetivo del número uno, fundar la “Segunda República”, teniendo en el número uno, a su primer presidente vitalicio.

Kundt debía ser el último en enterarse. Cuando no hubieren más opciones él tendía que sumarse. El irascible carácter del general alemán hacía impredecible su reacción si conocía el plan del número uno antes de lo previsto. Debía explotarse el hecho que éste tenía las aguas divididas. Había que sumar a quienes veían en él a un maestro de las armas. Para ello, Ernest Röhm y el número uno, sabían que en todas las épocas, “don dinero” tenía una especial virtud para el convencimiento.

El conmovedor agitar de manos para recibir al mismísimo general Kundt, montado en su caballo negro, seguido por los oficiales de su Estado Mayor, volvió al número uno brevemente a la realidad que acontecía ante sus ojos sin brillo. Al pasar por el palco presidencial, Kundt bajó su sable de manera lenta y solemne. Todo el público se puso de pie para ovacionar al militar alemán. Tras de él y de sus oficiales, un grupo de jinetes portando tricolores rojo, amarillo y verde se robaron nuevos aplausos de un público incontenible de emoción. A paso de parada, que agitaba sus penachos blancos sobre los cascos, hizo su ingreso el Batallón de Cadetes, portando sus bayonetas al hombro. Detrás de ellos hizo su aparición el Primer Regimiento de Infantería, luego las tropas a pie con su propia banda de música, que para sorpresa de todos a su paso por el palco presidencial, tocó la marcha alemana “Du Berliner Pflance”.

El desfile militar transcurría, el número uno aunque presente, se encontraba ausente. Su mente se remontaba nuevamente a evocar imágenes difusas. Se justificaba al tratar de traducir el pensamiento del Libertador cuyo monumento había descubierto ese mismo día “Acasho Bolívar no proponía una presidencia vitalicsha… tengo la obligashón histórica de imponer su voluntad… este y no otro es el momento y yo el elegido”.

Era evidente que el número uno tenía una fuerte tentación totalitarista. Le seducía el poder de sobremanera. Haría lo que sea por prorrogarse y mientras tuviera la fidelidad de las fuerzas armadas podía contar con aquello.

Habiendo sido posesionado el 28 de enero de 1921, su mandato fenecía exactamente cuatro años después. Sin embargo su sed de poder lo inducía a elucubrar soluciones reñidas con la ley. Con el pretexto de respetar la tradición constitucional, hubo de prorrogar su mandato por siete meses más, para entregar el mando a su sucesor el 6 de agosto de 1925. Un solo anuncio bastó para comunicar esa decisión. Una prensa amordazada y amedrentada, un Congreso que aún recordaba su clausura, la persecución y el destierro de opositores, era el caldo de cultivo ideal para que el caudillo haga su voluntad.

Percatado del adormecimiento de la sociedad, el número uno cambió nuevamente de decisión, ya no se iría el 6 de agosto como mandaba la tradición que él decía respetar, ahora en su omnipotencia, había decidido entregar el mando de la nación el 25 de agosto, “para poder dar una cálida despedida a las delegaciones diplomáticas invitadas para los festejos”. Ser el “Presidente del Centenario” acrecentaba su narcisismo.

Ese año, 1925, las elecciones presidenciales y vicepresidenciales habían sido convocadas para el 1 de mayo, mientras que la elección de diputados y senadores se produciría al día siguiente 2 de mayo.

Los constantes cambios de humor del mandatario, así como esa personalidad aviesa por el poder, determinaron que el general Kundt manifieste su intención de irse del país una vez se cumpliera la vigencia de su contrato el 8 de febrero de 1925, Arduos fueron los empeños del número uno para convencer al alemán para quedarse a respaldar su régimen. Una vez que lo logró debía asegurarse que su poder no sea temporal.

Las elecciones de mayo fueron fácilmente ganadas por el caballo del corregidor. La fórmula apadrinada por el número uno, compuesta por Gabino Villanueva y por el propio hermano del mandatario, Abdón Saavedra, se había impuesto a Daniel Salamanca y José Luís Tejada Sorzano. No obstante, lejos de alegrarse, el gobernante se deprimía sólo de pensar que dejaría ser inquilino de Palacio Quemado.

En esos días que parecían lejanos, una convicción se anidó en la conciencia del número uno; había que pergeñar un plan que aseguré su perennidad en el primer cargo de la nación. El tiempo era vital, clave para el éxito de la empresa del mandatario. No bastaba contar con el respaldo del alto mando militar, había que sumar a la mayoría de la población a la causa, había que encontrar la excusa justa para propiciar el apego al régimen. Se aproximaba la hora de la “guerra” y es bien sabido que toda guerra tiene sus víctimas. Se debía establecer las prioridades, jugar con maestría el ajedrez político, alguien debería sacrificarse. Era imperioso encontrar un motivo de comunión, que asegurará su permanencia en el poder supremo del Estado.

El estruendo de una nueva banda de música, que anunciaba el advenimiento de otro regimiento lo devolvió a la realidad otra vez.


[1] Primer avión  que propició la creación del Lloyd Aéreo Boliviano, el 15 de septiembre de 1925.
[2] Falleció en 1910. Su obra “Bolívar Ecuestre” fue adquirida por la Prefectura de La Paz a una casa de subastas de París.

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