SINOPSIS:

Agosto de 1925, se celebra el primer centenario de la República. Las heridas de la guerra Federal no han cicatrizado todavía. La Sociedad de los Independientes promueve un nuevo movimiento armado desde Sucre para recuperar la sede de gobierno. La única alternativa para neutralizar la conspiración es demostrar la existencia del Acta de la Junta Tuitiva, que probaría que el primer grito libertario surgió en la ciudad de LaPaz. El gobierno de Bautista Saavedra, a través de Ernest Röhm, contrata los servicios de Pedro Joseph Villavicencio Murguía, cuya misión será la de encontrar la famosa proclama, siguiendo una serie de pistas que lo conducirán a un viaje apasionante en búsqueda de la verdad.La sociedad de los Independientes tratará de evitar por todos los medios, que Pedro cumpla su cometido, éste se percatará pronto que se encuentra atrapado en un peligroso juego de intereses del más alto nivel, arrastrando consigo a Larissa Larraín, la arqueóloga experta. Hay más en juego de lo que parece…el tiempo se acaba…

viernes, 24 de febrero de 2012

CAPITULO 1

La reja de la pequeña ergástula militar se abrió abruptamente y el aire enrarecido por un vapor pestilente, producto del fétido olor de los humores amoniacales sin tiempo y de la húmeda tierra germinada de gusarapos, resintió una vez más el sentido de los captores. La voz del sargento militar tronó como borrasca y dos soldados se dieron a la tarea de levantar al debilitado cautivo, quien probablemente había sucumbido a la alferecía en una aciaga jornada que se había prolongado desde la madrugada, hasta ese mediodía invernal o quizás se haya rendido al soplo devastador de la felonía.

Lunes 17 de agosto de 1925. Refulgente regía el sol inmóvil en la bóveda del cielo cuya ciudad discurría en el légamo de la siesta. Pedro fue conducido débil y sin oponer resistencia hasta el sector de las caballerizas del palacio quemado donde fue vendado, amarrado de pies y manos y colgado por las extremidades inferiores, cabeza abajo, y sumergido en una artesa acondicionada al efecto, ante la mirada vigilante y burlona del sargento militar y la medrosa y sumisa complicidad de los dos soldados.

Si bien la práctica no era una novedad en la vida militar, resultaba casi inédito y oprobioso que el “bañista” sea un civil. Aquello había llamado la atención de varios oficiales, convocados allí después de los luctuosos sucesos de hace unas horas atrás.

Los rumores corrían dando pie a distintas versiones, sin embargo allí estaba el soldado Quenta, al lado de su superior, el teniente Rafael Pabón a quien había tenido tiempo de referirle todo lo que había vivido la noche anterior, desconociendo aún el destino de sus superiores Camacho y Rocha.

Pabón llegó rápidamente a la conclusión correcta, además reconoció en Pedro, al insigne profesor universitario. Entonces con paso firme, el joven militar irupaneño de 22 años, encaminó su marcha hasta el lugar de la afrenta.

Llegado allí recibió el saludo de rigor de sus subordinados, mientras que Pedro yacía en el suelo, aún convulsionado por la “enriquecedora” experiencia. El teniente devolvió el saludo con una pregunta de tonó áspero “¡Desde cuándo carajo el glorioso ejército, vapulea a civiles de ese modo!”.

-“¡Es la orden del número uno mi teniente!” atinó a decir artero el sargento.

Ni bien terminó de decir la frase, Pabón tenía desenfundada su arma apuntando la cabeza del ahora asustado sargento. “Vamos carajo, liberen al prisionero” ordenó con voz grave y ambos soldados, aún atónitos, obedecieron, cortando las amarras del cautivo, quien descubriéndose los ojos intentó un agradecimiento, pero fue interrumpido por la impetuosa voz de su salvador.

“¡No hay tiempo, cumpla su misión profesor, a la verdad no se la hace esperar!”.

Como pudo, Pedro se enderezó y atinó a correr hacia uno de los caballos. Los breves acontecimientos no pasaron desapercibidos para nadie dentro del recinto, sin embargo, la ascendencia que tenía Pabón sobre sus camaradas, incluso sobre aquellos de mayor graduación, hizo la diferencia. Varios desenfundaron sus armas, sin embargo la corriente mayoritaria que apoyaba a Pabón se impuso, logrando reducir por la fuerza a los opositores. De todos modos, no quedaban muchos uniformados en el palacio, sólo los indispensables para cuidar “la casa”, la mayor parte de la cáfila se encontraba en ese mismo momento asistiendo al desfile militar en el campo de volación de El Alto[1], donde justamente Pabón, debería hacer alguna demostración en el Junker F-113, sin embargo las urgencias de lo sucedido lo había convocado al lugar junto a varios de sus cofrades.

Raudo, sobre brioso corcel, Pedro sorteó los pocos obstáculos que quedaban y en el umbral del reducto hubo de hacer una abrupta pausa. El equino relinchó sobre sus dos patas posteriores, y en un sagrado momento de comunión, Rafael y Pedro cruzaron una mirada cómplice. El posterior gesto explicito del joven militar, azuzo el espíritu impetuoso de Pedro, quien comprendió que sin buscarlo, se encontraba ante una posibilidad histórica, tal vez irrepetible. Emprendió su última travesía.


[1]Antigua referencia del aeropuerto

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